Fosa, encajes y moscos.
Sacábamos unas fotos en el panteón municipal, en aquel de los monumentos coronados de angelitos que dan miedo, en el que fue para ricos y hoy no está de moda y ya se había hecho tarde (como siempre), pero la fosa me llamó, bajé, le dije a Alma que se quedara, que sólo yo bajaba, me acomodé, vi los huesos cubiertos por coquetos y puercos encanjes, las piernas muy juntitas, no les vi nada de entre las piernas, observé los huesos saliendo por los hoyos de los gastados pantalones, cuerpos de varones, pensé si a ellos los entierran con trajes nuevos o si están encuerados les prestan la ropita ¿habrá una bodeguita?, me tomaron la foto, subí la escalera, me siguieron unos trescientos moscos, los espanté, se me pegaban, me chupaban, los aplastaba en mi carne, me la manchaban.
Fui un profanador, sé que regresaré ahí, a la nada común de las fosas porque me moriré sin encajes y con las piernas bien juntitas y los moscos se pegarán a cualquier piel cuando se hayan acabado la mía. No me verán nada de entre las piernas.
Fui un profanador, sé que regresaré ahí, a la nada común de las fosas porque me moriré sin encajes y con las piernas bien juntitas y los moscos se pegarán a cualquier piel cuando se hayan acabado la mía. No me verán nada de entre las piernas.


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